lunes, 9 de noviembre de 2015

represión -- ANTES

Hubo un día en el cual las personas podían decidir por si mismas. Un día en el que cada uno podía pensar libremente, opinar lo que deseara, caminar en la dirección que quisiera. Incluso se podía usar el corte de pelo deseado. Hubo un día en el cual el sol salía simplemente por que su naturaleza dictaba que así debía ser, no por el mando del Gran Jefe. Hubo un día en el que la luna era un satélite de la tierra, y no la personificación de la Gran Madre. Hubo un día antes. Un día en el que se respiró libertad antes del caos.

SANTIAGO DE CHILE
agosto 16, 2013 (1 Liberación, año 0)

Los papeles eran arrastrados por el viento frío del inverno, golpeaban los pies de los apresurados transeúntes, a veces se elevaban hacia el cielo y luego caían en picada, para seguir siendo arrastrados de un lado a otro de la calle. Era la hora de salida del trabajo, así que todos se apuraban en su camino a casa. Nadie miraba a nadie. Nadie sonreía, simplemente había una idea en la cabeza, que era llegar cuanto antes a su hogar. Algunos sacaban cuentas, recién habían recibido el dinero de su quincena y ya habían gastado todo el dinero. Otros pensaban en los encargos que habían recibido de sus hijos: materiales para el colegio, algo para la comida, algún juguete. Todos estaban absortos en su realidad.
El diario más leído del país daba consejos a las mujeres con cuerpo de pera. Un chico, caminaba apurado hacia la esquina de Ahumada con la Alameda, para encontrarse con su cita. En su camino chocó con una mujer de unos 25 años, que llevaba el pelo rubio, tomado en una cola, y que solo masculló un "disculpa" para perderse entre la muchedumbre, y ponerse en la fila a esperar un bus del Transantiago. Más adelante, un ama de casa sacaba cuentas mentales, del dinero que tenía que gastar: gas, agua, electricidad, comida, colegios... el gobierno no ayudaba en nada. El presidente solo se preocupaba de si mismo. Ya era millonario, todos decían que por eso no iba a robar un céntimo. Pero los cambios no se habían visto.
La chica de pelo rubio sacó de su bolsillo un teléfono Nokia, de los antiguos, y revisó si había recibido el mensaje que había esperado durante todo el día. WhatsApp no pareció mostrarle nada porque su expresión no cambió. Aunque, unos minutos después abandonaba la fila del transporte público, en dirección hacia el cerro Santa Lucía, con paso rápido, con sus ojos verdes apuntando hacia adelante, sin mirar a los lados, sin pensar en nada, solo en seguir hacia adelante.
Las luces de la ciudad ya se habían encendido, las oficinas iban quedando vacias, y un bus del Transantiago paró y de él bajaron varias personas, el ama de casa subio, pasó la tarjeta por el validador, y empujo hasta encontrar algo de acomodo dentro del abarrotado bus. Entre los que bajaron, iba un hombre de unos cincuenta años, canoso, iba a juntarse con sus amigos del Partido Comunista, bueno ninguno militaba ya desde los años 90, cuando se desilusionaron de la política, cuando se decidieron que todo había sido una gran farsa desde siempre. El comunismo, el fascismo... todo era la misma mierda con distinto nombre. Ahora, se juntaban en el Nuria, bebían cerveza Cristal, a la que seguían llamando Pilsen y criticaban el modelo politico imperante y recordaban a los compañeros que habían desaparecido en la dictadura de Pinochet.
En el Nuria ya estaban el José y el Camilo, lo habían llamado para que se apurara, y eso hizo, dar trancos largos. Sin mirar a las personas que adelantaba. Sin fijarse en el mendigo que le estiraba la mano para pedir dinero. Sin escuchar a la elegante oficinista que le reclamaba a su compañero que no había señal de celular...
 
 


El suelo se comenzó a mover, en gran movimiento, un remezón, todos cayeron al suelo, la ciudad se volvió un caos, el viento frío lo inundo todo, los edificios se movían de un sitio a otro, como si estuvieran vivos, la luz eléctrica se cortó, todo quedó en oscuridad por unos segundos. Lugo el cielo se ilumino con estallidos amarillos. los gritos desgarraban la ciudad. El terremoto parecía que lo iba a destruir todo.
Después de 1 minuto de incesante movimiento, de cristales que se reventaban y pedazos de edificio que caían, todo volvió a la calma. una calma atemorizante.

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