Bajo las nubes

Hay días en los que el Sol decide ocultarse tras las nubes, como si tuviese cosas que esconder. Temeroso de que alguien las pudiese ver. Cosas que Él espera que nadie nunca llegase saber. Y esos días en los que Él permanece escondido, en la Tierra hace frío, y la gente se abriga, camina apresurada por las calles heladas de la ciudad y se arrima al calor que emana de un vaso de papel lleno de aromático café.

Simón lo había estado siguiendo por varias cuadras. Lo había visto detenerse a mirar zapatos en la vitrina de una tienda. Después había esperado, escondido tras un kiosco de diarios, mientras su presa compraba un expreso en una maquina de Nescafé.
Todos caminaban apresurados, chocando unos con otros. Refunfuñando, sin sonreír, siempre mirando hacía el vacío. Subiéndose el cuello del abrigo. Apretándose la bufanda contra el cuello. Tratando de no sentir el frio viento que baja desde la Cordillera de los Andes al corazón de Santiago. Viento que enrojece y congela los rostros de los habitante de la ciudad, que se mete dentro de su huesos hasta dejarlos totalmente helados. Por más que caminen rápido, por mas que se suban el cuello del abrigo.
Simón seguía a corta distancia al muchacho de pelo negro, y ojos azules. Casi podía sentir su perfume, mezclado con el olor de la ciudad. Ese olor que escapa de los tubos de escape de los buses y autos atascados en el interminable minuto que dura la luz roja del semáforo. Mientras que una marea humana de oficinistas, obreros, amas de casa, mendigos y otros seres cruzan la calle moviéndose entre los vehículos esperando que la luz roja se convierta en verde.
Y cuando la luz cambio, le fue posible ver a Roberto abrazar a la muchacha -muy delgada, muy fragil-. Pudo ver como caminaban, entre la gente, mientras la lluvia -que él ni había notado- comenzaba ser más tupida. Los siguió, desde cerca. A veces casi pisándole los talones a la muchacha. Que se notaba nerviosa, y con mucho frío, con el pelo estilando. Los siguió hasta la puerta del Starbucks al que entraron. Se apoyó en un pilar, y ahí, esperó hasta que salieron. Y después de caminar algunos minutos, vio como los brazos de la joven abrazaban a Roberto, y besaban sus labios. Esos labios que hacía un par de horas lo besaban a él.
Sin pensarlo dos veces, avanzó con paso decidido hasta donde estaba Roberto besando a la chica. Se paró al lado de ellos y se quedó mirándolos. Los tres en medio de la calle. Pudo ver los ojos cerrados de ella, la expresión de amor que emanaba de su rostro. Y luego, sus ojos chocaron con los de él, que lo miraban con pánico... pánico mezclado con suplica. Simón se encogió de hombros y siguió caminando.
Sofía se soltó del abrazo, con los ojos brillantes de emoción.
-¿Y ahora qué?- la voz de ella era gutural, con un dejo de agitación.
Roberto la tomó de la mano y la llevó en dirección contraria a la que había tomado Simón. Caminando tomados de la mano, por una calle húmeda de lluvia del centro de Santiago.
Hay días en los que el sol decide ocultarse tras las nubes, y que no desea ver lo que hacen los mortales. las decisiones que ellos toman. Decisiones que los pueden llevar a ser infelices. Por eso para el Sol, siempre es más fácil ocultar sus rayos, y dejar que en la tierra reine el frío.